Es uno de esos días de lluvia; un sonido constante de gotas sobre el tejado que nunca acaba. La lluvia aquí se mide por jornadas.
Hoy la ansiedad no viene, no hay manera; no llega, estoy lejos. Vendrá mañana, tal vez, pero yo me quiero recordar así siempre. He de aferrarme a este yo cuando la oscuridad venga. Desde que nos ha ocurrido todo esto mi relación con la lluvia ha cambiado. La acepto completamente y voy a su encuentro, sin aspavientos y, por supuesto, sin paraguas. Me enfundo la capucha de la sudadera, me coloco en el centro del jardín y enciendo un cigarro. Intento atisbar qué pájaros están escondidos entre el follaje de los árboles, mientras el agua empapa mi ropa y resbala por mis cejas. Qué alivio tan inmenso. ¿Por qué tememos a las cosas que nos hacen tanto bien?